Una pared de por medio. (Lenguaje de adultos)



 
Susana entró a su nuevo apartamento con la última caja de trastes, de todo lo que tuvo que empacar por la mudada,  en sus manos, la dejó caer en un espacio vacío del suelo de la sala y haciendo espacio en una esquina del sofá, se sentó a descansar  unos minutos. Todo estaba desordenado, no había una sola cosa en su lugar,  el paisaje que miraba estaba lleno de cajas de cartón donde había traído sus pocas pertenencias. Pasó varias veces sus manos por su rostro secando el sudor de su piel.  Mañana será otro día. –Pensó- Así que lo mejor era darse un baño y relajarse en un sueño profundo.  A fin de cuentas, tenía aún sábado y domingo por delante.

Buscó entre todos bultos una toalla y se fue a la ducha.  Estaba por fin sola, en su propio apartamento. Como podía dejar la puerta del baño abierta, lo hizo; y disfrutó saber que  estaba así. Era la primera vez en muchos meses que se sentía libre, vivir en la casa de su tía, con todos los que allí habitaban había sido un tiempo difícil, pero necesario para lograr sus objetivos. Susana había llegado a la ciudad  para estudiar en la universidad, su tía le había brindado alojamiento, y ella estaba agradecida por eso, pero nada más pudo conseguir un empleo de medio tiempo, ahorró todo lo posible y llegado el momento se mudó a aquel pequeño apartamento donde compartiría todo su tiempo con su soledad y su libertad.

Dejó que el agua recorriera cada pedazo de su piel,  disfrutó la esponja enjabonada moviéndose lenta  y cariñosa por su cuerpo joven y lleno de curvas, se sabía hermosa, deseable, bella, se mimó hasta la saciedad debajo de la ducha y para colmos, no secó su cuerpo, salió mojada y desnuda, dejando que su pelo marcara el rumbo hasta su cuarto con gotas de agua. Tiró al piso lo que sobre el colchón había dejado y se desplomó  sobre la sábana mal tendida que lo cubría solo a medias.

Fue ahí donde todo comenzó. Susana intentaba quedarse dormida pero del otro lado de la pared un quejido,  un golpeteo constante, gemidos y alguna que otra palabra molestaban su intento por dormir.  Era la voz de un hombre,  podía darse cuenta, lo curioso era que en ningún momento escuchaba un solo sonido que le dijera que había una mujer también del otro lado. 

Susana, desnuda y mojada, se incorporó sobre el colchón,  fue directo a la pared  y pegó su oído al frio de la pintura rosada que cubría  el cartón de aquella división. Pensó en lo irresponsable de aquella construcción, como era posible que entre dos apartamentos independientes hicieran una pared tan falsa, por la cual se podía escuchar todo lo que sucedía al otro lado.  Agudizó su oído y pudo darse cuenta de lo que pasaba… del otro lado de la pared un hombre se masturbaba frenéticamente. Podía escuchar el sonido de su mano bajando y subiendo por un miembro erecto,  podía escuchar sus quejidos y gemidos…  Aquello la hizo recordar que era una  mujer joven llena de sexualidad. Sabía que era incorrecto  espiar aquel sonido que llegaba del otro lado, pero fue imposible no  sentirse  excitada.  Mientras más escuchaba, más deseos sentía de sentirse mujer, sintió una gota humedad correr por uno de sus muslos, sabía que aquello no era agua, lo que corría por su piel era el deseo.

Susana no pudo contenerse,  aún con su oído pegado a la pared tomó una de sus almohadas, que todavía estaban sin una funda que las vistiera y  la llevó al centro de sus piernas,  buscó una de sus cuatro esquinas, para con ese palmo de tela donde las costuras son más fuertes frotar desesperadamente su entrepierna.  Pero no le bastó, del otro lado de la pared los sonidos se hacían más fuerte y con ellos los deseos de Susana,  ella miró a su alrededor y dentro de todo aquel reguero encontró un viejo y querido peluche, regalo de Pedro, su novio del pueblo.  Lo recordó  a él y a la manera en que hacían el amor escondidos  dentro de su casa, evitando ser descubiertos por algún familiar. Pedro había sido el primer hombre que la había penetrado,  que le había dado placer solo con un dedo o con la lengua, con él había aprendido lo que sabía de hacer el amor. Aquellos recuerdos y el sonido del otro lado solo fueron la chispa que encendió a Susana,  desde ese momento se volvió fiera, tomó el peluche y lo puso exactamente entre sus piernas,  con el botón negro que aquel muñeco tenía como nariz  acarició mil veces su clítoris lleno de deseo, se tocó los pechos, se abrió cada vez mas de piernas buscando que su  vagina sintiera entera el frote de la felpa. Fue entonces cuando del otro lado escuchó al hombre gritar. ¡Ya! ¡Qué rico! ¡Ya! ¡Ahhh!  El cuerpo de Susana se dobló, una cosquilla bajó por sus caderas y subió por sus muslos. Susana no pudo gritar,  seria descubierta, pero llenó la cabeza de su peluche de su elixir, de su esencia, de su orgasmo. Se dejó caer de nuevo sobre el colchón, desnuda y llena de lujuria, quedándose dormida entre pensamientos y pecados, abrazada a su peluche.

Al otro día despertó con fuerzas, era casi el mediodía cuando abrió los ojos,  tenía un apartamento por organizar,  pero lo sucedido la noche anterior no la dejaba tranquila, lo había disfrutado.  Su curiosidad era más fuerte que sus obligaciones, pasó la tarde mirando cada cinco minutos por la ventana de su cuarto intentando descubrir quién era aquel hombre que se masturbaba del otro lado de su pared.  Bajó varias veces las escaleras y ubicó el apartamento del hombre,  estaba continuo al de ella pero se  llegaba a el  por otra escalera. Susana vigiló aquella puerta con insistencia, pero el día pasó y no logró descubrirlo.

De todo su reguero logró organizar solo la cocina, sus pensamientos impidieron que pudiera avanzar más en su tarea, aparte de las  tres veces que tocaron a su puerta algunos de sus vecinos para presentarse y entregarle algún presente como bienvenida,  el tiempo dedicado a ellos también  la retrasó.

La noche llegó bastante rápido ese día,  Susana se dio un baño y se fue a la cama, solo le quedaba el domingo para terminar su faena.  Del otro lado en su pared había silencio. Estaba casi dormida cuando tocaron por cuarta vez su puerta. Debe ser otro vecino. –Pensó-  Tomó una bata  y cubrió su cuerpo, la verdad no tenía deseos de atender a nadie, se sentía pesada, inconforme, sabía que su malestar era provocado por un hombre que no conocía,  en su interior sabia que se había bañado y se había ido a su cuarto esperando escucharlo.

-Hola. –Dijo abriendo la puerta de su nuevo apartamento.

-Hola, soy Esteban. – Un hombre joven de tez blanca y ojos verdes, que no pasaron inadvertidos para Susana,  extendía hacia ella un plato lleno de dulces.- Soy tu vecino, vivo en el apartamento continuo al tuyo.

-¡Ahhh! Eres el que anoche gemía y gritaba. –Susana dijo esto sin pensar en sus palabras, cuando reaccionó ante lo dicho  era demasiado tarde. El rostro de Esteban se puso tan rojo que parecía que iba a estallar. –Descuida, no tengas pena, la verdad lo disfrute. – Esta vez fue Susana la que se puso tan roja como Esteban. Pasó sus manos por sus mejillas y tratando de arreglar el error de sus palabras dijo: Discúlpame, he metido la pata dos veces intentando ser agradable.

El hombre que estaba frente a ella no sabía que decir,  se había quedado congelado con el plato de dulces en las manos.  Susana pudo darse cuenta de su reacción y para hacer menos tensa la situación para su nuevo vecino, el cual le llamaba bastante la atención, lo invitó a pasar.  Disculpa tanto desorden.- Le dijo.

-No tengas pena, sé como son estas cosas de mudarse. –Respondió el chico.

Conversaron por un buen rato,  Susana supo entonces que era divorciado y que hacía cinco meses que Esteban no tenía pareja, que trabajaba en una agencia de vuelos y que vivía solo.  Él supo también que ella recién se mudaba sola, de su historia en su pueblo  y de sus estudios.

-Es tarde, creo que debo irme. –Le dijo Esteban  a Susana  poniéndose de pie. – Pero antes de irme quiero preguntarte algo.

-Dime. –Susana lo miró a los ojos.

-¿De verdad disfrutaste lo de anoche?

-Si, y como ahora somos amigos te confesaré que lo hice junto a ti.  Quien lo sufrió fue mi oso peluche.

-Tal vez un día podamos hacerlo juntos. –Esteban se lanzaba a fondo.

-Quizás. –Le respondió Susana regalándole una  sonrisa.

Esteban no supo que decir ante la respuesta de la mujer y despidiéndose, varias veces como quien no desea irse,  se marchó. Susana quedó en su sala lamentando la cobardía  de  su vecino. Pero aquella noche aún era demasiado joven para dejarla morir en vano, y guardaba sorpresas que aquella chica no imaginaba.

Susana regresó a su cuarto, dejó caer en el piso la bata que la cubría y volvió a la cama, pasado unos minutos  Esteban tocó  varias veces la pared que los separaba. ¿Estás despierta aún? Ella saltó de golpe y acercándose a la pared respondió. Sí, estoy despierta. El sabiendo que la mujer lo escuchaba y resguardado en la complicidad que aquella pared le brindaba le dijo:

-Te aviso que estoy desnudo, y que tengo deseos de hacerlo otra vez, pero esta vez será diferente.

-¿Por qué diferente? –Le preguntó Susana.

-Porque lo haré imaginando que te hago el amor. –Respondió el hombre.

Esta vez fue ella la que no supo que decir, pero sintió otra vez la gota de humedad correr entre sus piernas, aquella gota jamás llegaba tan rápido.  -Me vas a obligar a castigar a mi peluche otra vez. –Le dijo.

-¿Quieres venir?-Le preguntó Esteban. Susana escuchó aquella frase y un escozor recorrió todo su cuerpo.  Lo pensó unos minutos antes de responder. -Abre tu puerta, voy para allá.

Cuando llegó la puerta estaba abierta, dentro, en una sala moderna y organizada estaba Esteban, con solo la parte de debajo de un pijama como atuendo. Susana pudo darse cuenta que no había nada más debajo de aquel pantalón, y sintió deseos que quitárselo de un golpe para ver su miembro erecto de una vez, pero se contuvo. El que al parecer había dejado tirado en algún lado de aquella habitación su respeto y su pena, caminó hacia ella y tomándola del brazo la llevó a su cuarto.  No le pidió permiso, cuando estaban cerca de la cama, él la volvió de espaldas y comenzó a besar su cuello mientras sus manos la iban desnudando poco a poco. Ella se dejaba hacer, sentía sus manos despojándola de su poca ropa y temblaba  llena de deseos. Susana movió una de sus manos hacia atrás y buscó su miembro, encontrándolo erecto y firme,  entonces lo acarició de punta a cabo mientras el pantalón del pijama caía al piso.

Los dos estaban desnudos y excitados, Esteban la empujó a la cama y se dejó caer sobre ella que lo esperó  con las piernas abiertas. El comenzó a besar sus pechos, a lamerlos de tal forma como si quisiera recorrerlos con su lengua sin dejar un solo centímetro de seno sin probar. Una de las manos del hombre bajó a la vagina de Susana y penetrándola de un golpe con dos dedos, empezó a deambularla por dentro, buscando frotar las paredes de su interior, mancillando con sus dedos el punto G donde ella se llenaba de humedad. Esteban entonces fue haciendo en su vientre un camino de besos,  ella acariciaba su pelo y lo guiaba, casi lo empujaba hacia el sur de sus deseos, él llegó a ese punto, y bebió con saña el líquido que ella desprendía, chupó, mordió, besó, volvió a chupar… todo eso en el centro de las piernas de una mujer que gemía en cada acción.  Sus manos apretaban los pezones de la chica, ella disfrutaba aquella lengua que la penetraba.

Susana no pudo aguantar más, Esteban sabia hacer lo que estaba haciendo y ella dejó que un rio de placer llenara su boca… se estaba viniendo como  nunca,  se estaba viniendo en venganza de aquella boca que la tenia loca de deseo, se estaba viniendo en el, en su rostro, y él estaba tomándose todo lo que ella dejaba en sus labios.

Cuando los temblores de su cuerpo pasaron, Susana se repuso y sin darle tiempo a nada, fue directo hasta el pene de Esteban,  ya lo había tenido entre las manos,  pero ahora lo quería dentro de sus labios,  quería hacerle lo mismo que había disfrutado su vagina, Esteban  acariciaba su cabeza, ella lamia  aquel miembro que la desorganizaba de aquella manera.  Llevaba sus labios a la punta de aquel pene y lo besaba, después lo hacía desaparecer dentro de ella,  para retornar suave y sigilosa hasta la punta, lo mordía, lo apretaba, hacia que sus labios hicieran subir y bajar  la piel que cubría aquella cabeza de miembro tan roja, tan grande, tan rica.

Fue entonces que se dio el momento adecuado, estaban los dos al borde del abismo y la locura, Esteban saltó y cayó entre sus piernas, penetrándola, un movimiento circular de su cintura hacia que su miembro entrara y saliera de aquella vagina húmeda que reclamaba más cada momento. Susana clavaba en la espalda de aquel macho sus uñas mientras acomodaba sus caderas de tal forma que no permitiera que aquel pene se alejara.  Entre los dos hicieron un baile de gemidos, él la mordía en los senos cuando sus piernas empujaban hacia adentro y la besaba en los labios cuando su cintura retornaba antes de volver a atacar con la punta de su lanza. Ella bajaba las manos hasta las nalgas de Esteban y empujaba todo su cuerpo obligándolo a penetrarla.  Él fue más allá de sus caricias y con una de sus manos, recogiendo antes un poco de humedad de aquella vagina que lo desesperaba, comenzó a acariciar con círculos precisos el circulo rosado  entre sus glúteos,  presionando una y otra vez sus dos primeras falanges, que entraban y salían al mismo ritmo de su pene. Penetrándola entonces doblemente. Susana  estaba a punto de explotar por segunda vez, ella lo sabía, lo sabia tan bien que apretó sus manos contra la sábana para buscar concentración y seguir adelante en aquella locura,  quería seguir,  lo necesitaba.

Pero fue en vano, su sexo quería venirse de nuevo,  sentirse mojado a chorros otra vez. Ella  tomó el cuello de Esteban y lo trajo  a su boca,  buscando tener cerca de ella  el lóbulo de su oreja, entonces le dijo:

-No puedo más. Dámela ahora.

-¿La quieres ya? – Pregunto Esteban.

-Ya no importa. – le dijo como respuesta mientras sentía desbocarse un manantial de lujuria dentro de ella,  se estaba corriendo, viniendo, entregándose.  Ya no importaba,  su cuerpo no respondía a sus impulsos, sus piernas no tenían fuerza, se estaba viniendo y eso era lo importante.

-¿La quieres ya? – Volvió a preguntar Esteban.

-Cuando desees tú. – Le dijo.

Entonces Esteban dejó de penetrarla,  se movió sobre ella y sentándose a horcajadas sobre el pecho de la mujer, dejó que su semen cayera en sus mejillas, en sus labios, en sus ojos. Ella  disfrutó como nunca de aquel semen, y bebió una gota que rodaba por su rostro.

Exhaustos quedaron después de aquella entrega. No durmieron juntos esa noche. Susana regresó a su desordenado apartamento. Esteban se quedó desnudo acostado en su cama.

Antes de despedirse, hablaron de una cita… tal vez algún día saldrían a cenar.