Llegó desnuda y de sorpresa, no la
esperaba. Llegó desnuda y de repente
para alterar mis somnolencias tristes, mis reposos obscuros. La sábana estrujada que me hacia compañía no
se inmutó con su presencia, siquiera la almohada que doblada soportaba el peso
de mi nuca, se movió un centímetro. Llegó desnuda y a gatas comenzó regalándome
unos primeros besos, solo unos grados al norte de mis rodillas, allí donde la
piel es suave y comienza el hormigueo que da vueltas y muere cerca del ombligo. Acarició con las uñas de su manos derecha el
entorno prohibido que envuelve mis caderas de hombre, mientras que con su mano
izquierda se soportaba para no caer, para no hacer contacto de su cuerpo con el
mío, para no entregar aún su desnudez y su sorpresa.
Me acomodé sobre la estrujada sábana
para recibir las caricias que hacían despertar mis instintos de macho en celo.
Ella seguía, a gatas, apoyada en sus rodillas y su mano izquierda, besando mis piernas, acariciando mis
caderas... Fue entonces que de golpe se lanzó al abismo de mi mástil de hierro,
al vacio inquieto y húmedo de mi glande, que a intervalos saltaba en el centro
de su boca.
Intenté tocarla, o al menos, rozar con
la punta de mis dedos uno de sus senos, pero un movimiento de su torso la hizo
escabullirse. Escurridiza desventura de un despertar a esas maneras.
Cerré los ojos, buscando mil ideas
nuevas en mi mente, cualquiera que lograra sacarme del sopor prohibido en que
me tenían sus besos, sus mordidas, sus uñas, sus sorpresas, pero el
contorsionar de mis piernas me hacia regresar a aquella sensación de bienestar
que me daban sus labios. Apreté más de
diez veces la tela estrujada que debajo de mí, era testigo de la gula con que
comía ella en mis deseos. Golpeé otras tantas la doblada almohada, víctima fatal de la sorpresa que su piel desnuda
traía escondida aquella tarde sin sol ni primaveras.
Implosioné por no explotar en mis
respuestas, me contuve, aguantando los deseos de sentirme dominante,
contendiéndome para no asaltar sus ideas de mujer. Ella, sin tocarme, tocándome
la vida, recorriendo con su boca y sus cosquillas la fibra más sutil de mis
locuras, disfrutando el bendito castigo al que me condenaba.
Y fue la gloria... El mágico succionar
de sus labios dejó entre mis piernas el cielo. Benditas fueron sus maneras.
Celestial su forma de encontrar el punto exacto para hacer que yo, olvidara el
mundo y me entregara.
Después... Y solo entonces, quisieron
sus designios que pudiera tener yo, lo rosado de sus senos, que pudiera rozar
la piel de su cintura con tiernas y aferradas caricias, que pudiera besar sus
labios de esa manera, con la que me es solo permitido, besarla a ella.
Y la hice mía, envolviéndola con el
estrujado de mi sábana, diciéndole mil "Te amo" sin decir una
palabra. Penetrándola hasta sentir que nada más podía entregarle, mordiéndola
son saña, con esa saña cuidadosa del amante que es incapaz de herir, de
mancillar, pero que muestra la furia desbocada del amor que lo domina. La hice mía rindiéndome en sus
labios, arrodillado entre sus piernas, dominado debajo de su cuerpo. La hice
mía hasta que la luna nos gritó cien veces basta. Y la llené de mí, cuando fue imposible
soportar un segundo más la lujuria acumulada en mis aciertos. La llené de mí,
cuando pidió en mi oído recibirme.
Y acurrucados estrujamos aún más la sábana.
Y dejé de dar golpes a la almohada. Y dormimos... exhaustos, dormimos... Desnudos, cubiertos solo por la
complicidad de aquella madrugada.
