A Guanajay

Se congeló en el tiempo, como todos sus relojes. Se detuvo el ritmo y el paso de todos sus sueños, de su gente, aquellos pocos que quedan esperando una esperanza, de aquellos (tantos) que se fueron. Ya no se mide el tiempo en horas ni minutos en sus calles, ahora se cuentan las nuevas arrugas en los rostros de sus jóvenes (Aquellos pocos que quedan) Ahora se cuentan las lágrimas de los que ya no tienen fuerza para irse, tan lejos como sea posible.
Se congeló en el tiempo, como todas sus sonrisas. Ahora todos miran el único reloj que les funciona, aquel que anda sin cesar en la cúspide de una torre que guarda los brazos abiertos de un Cristo que les promete la resurrección de todos sus alivios. Y aquellos... aquellos que no tienen aún el valor de entrar por las puertas del señor, miran el reloj de la torre y miran al cielo, pidiendo una salida... O una puerta de entrada a un mundo nuevo, donde no sea necesario despedir amigos, ni dar últimos besos, primeros llantos, inconclusos abrazos a vástagos hijos que se marchan. Miran al reloj de la torre y miran al cielo pidiendo una lluvia redentora que los bañe y que los limpie, que los purifique y los absuelva.
Se congeló en el tiempo y en la vida, se petrificó en miles de recuerdos de aquellos que no están, en la añoranza de aquellos que esperan un regreso. Se angostan sus calles, se recogen sus aceras. Es que ya no son imprescindibles, están más solas cada noche.
Se congeló en el tiempo, como todos sus relojes. Y es triste verla morir desde la distancia de un dolor que no tiene remedio. Es triste... Es triste verla moribunda, languideciendo en miles de despedidas, en cientos de ausencias, en puentes que se resisten a caer.
Se congeló, como todos los que quedan sentados en sus viejos portales, esperando que los refresque una brisa que llega de otro cualquier rumbo. Se congeló con cara de tristeza, sin ilusiones. Perdió la fe a cambio de una promesa que jamás le cumplieron. Entregó todo y solo recibió lapidas que hoy, nadie recuerda; y olvidos; y abandonos.
Se congeló, como todos los que hoy, se sientan en el mármol de algún parque, esperando el deshielo.