Una luz verde encendida.
Cada noche durante el último mes la veía
conectada, una luz verde a la derecha de mi ordenador me decía que ella estaba
esperando un mensaje que saliera de mi
teclado diciéndole "hola" , pero nunca lo hice durante el último mes,
no me atrevía. Miraba sus fotos y me
quedaba extasiado en ellas, su luz verde seguía diciéndome que le dijera
algo, que me lanzara a su conquista,
pero mis ejércitos de miedos me impedían
ordenar el ataque de mis fuerzas. Hasta una noche...
Me había tomado esa tarde unos tragos de
más, con algunos amigos en un bar cercano, les hablé de ella y de sus fotos, de
su luz verde encendida cada noche y ellos se habían reído a carcajadas de mi
cobardía. -No tienes nada que perder- Me decían mientras la mesera traía otra
jarra de cerveza. Y lo hice.
Llegué a casa a eso de las diez de la
noche y encendí mi computador buscándola, ella estaba allí como cada noche,
encendida detrás de una luz verde. Mis dedos temblaron cuando escribí mi
primera palabra. "Hola" Pasaron dos minutos, en los que mi corazón
cabalgaba sin frenos, hasta que vi una gaviota negra avisándome que ella había
visto aquel mensaje, casi sale de mi pecho mi corazón cuando el monitor de mi
PC avisó que ella escribía una respuesta.
Aquellos segundos se volvieron eternos, hasta que sus palabras
aparecieron delante de mis ojos:
"Hola"
Me demoré en responder. La verdad no
sabía que escribir, mientras lo pensaba y borraba una y otra vez lo que salía
de mis manos ella envió otro mensaje:
Cómo
estás??
Escribí "Bien" y di Enter en mi
teclado sin imaginar que aquella palabra seria el principio de una noche
mágica.
Después de aquello la conversación en
aquel chat siguió, ella me hizo algunas preguntas que contesté lo mejor que
pude; y yo, (Gracias al alcohol que tenía en la sangre) le hice otras que ella
contestó escudada en su prudencia. Hasta que mencionó su desvelo y su
aburrimiento, en ese momento me tiré a fondo: Quieres compañía? Te gusta el vino rojo o blanco?? Y me respondió
que sí, que quería compañía y que el vino le gustaba rojo. Y seguido a eso, me
dijo que era soltera y que tenia novio,
pero su novio no estaba, que él
viajaba mucho, que se sentía sola en noches como aquella, y yo pensé en mi
suerte, escribiendo aquel "Hola" aquella justa noche.
Le dije que una botella de vino rojo,
moría dentro de mi nevera esperando que una chica la abriera y la tomara, que
unas copas de vidrio fino y transparente esperaban que alguien las usara y que
yo también estaba desvelado y solo. Su respuesta fue un último mensaje: "Dame tu dirección" Escribió. Y se la di.
Llegó a mi apartamento en veinte
minutos, pensé que el trafico de la ciudad
a esas horas estaría suave, o que vivía cerca, cuando llegó comprobé que era igual a sus
fotos de facebook, bella, su cintura era pequeña, su piel era blanca y tersa,
sus ojos brillaban con la luz de la luna,
su sonrisa alumbraba el balcón
donde la invité a sentarse. Ella estaba nerviosa, temblaba, pude sentirlo y para
tranquilizarla serví dos copas de vino y
puse una en sus manos. No apuré el momento, ya estaba allí, en mi balcón,
conmigo.
La botella de vino se terminó y abrimos
la segunda, ya había entrado la madrugada y seguíamos los dos buscando ese
espacio de confianza donde cada uno es uno mismo y se lanza al abismo de la
suerte. Tengo calor. -Le dije- Ella me
respondió despreocupada que no tuviera pena y que podía quitarme la camisa, en
fin, ella también tenia calor y se quitaría la blusa roja que cubría sus
pechos, que a esas horas nadie nos vería,
que se sentía cómoda conmigo.
Y lo hizo, se quitó la blusa roja y me enseñó los pechos, redondos, rojos como la blusa, firmes como un
soldado en batalla, lujuriosos. Escondí como pude la reacción de mi
entrepierna, disimule sin saber cómo, lo
erecto de mi hombría, pero fue en vano, ella era mucho más valiente que yo y tenía deseos... y cuando una mujer tiene
deseos, nada la detiene.
Sin decir nada se puso de pie en mi balcón, con las luces de
la ciudad dándole en la espalda, frente a mí,
despojó de sus piernas la ropa que las cubría, quedándose desnuda, enteramente
desnuda, tomó su copa de vino y la dejó
caer por su piel, correr entre sus senos, dejó que el vino rojo llegara al
centro de su piernas mojando con él, el clítoris desafiante que apuntaba a mis
ojos. Me quedé petrificado, congelado, como piedra convertida en estatua ante
aquello que ella hacía, hasta que ella misma me sacó de mi letargo:
-Qué esperas para quedarte desnudo? -Me
dijo.
Me vi obligado a responderle con la
verdad.
-Estoy excitado por verte así, si me
quito la ropa y ves lo excitado que estoy sentiré pena, porque de verás estoy
muy excitado.
-Hazlo, quiero verte. -Me respondió
mirándome a los ojos, desnuda y dejando caer más vino por su piel.
!Carajos! no me quedó de otra, tuve que
hacerlo. Me desnudé.
En efecto estaba excitado, muy excitado;
y eso a ella le encantó, se lanzó sobre mi desnudez y me atacó como si fuera una leona en celo,
tomó mi miembro entre sus manos y lo mordió con sus labios, despegaba su rostro
y lo miraba para después volverlo a morder sin hacerme daño. Sus diez dedos
envolvían aquello que había despertado entre mis piernas y aún así, mi amigo se
resistía a esconderse, su cabeza seguía apareciendo por mucho que ella trataba
de cubrirlo. Detrás de nosotros, la
ciudad se dibujaba en mi balcón, repleta de luces, ella estaba desnuda y yo
excitado, abrí mis piernas y las apoyé en la baranda de metal que impedía que
su cuerpo cayera al vacio, ella estaba justo al medio del triángulo que yo
había formado entre mis pies y la baranda, agachada con sus rodillas en el piso y sus pezones a
la altura de mis testículos. Desde mi lugar
solo veía sus ojos brillando con la luna mientras analizaban porque flanco
morder y saborear mi miembro, las luces de la ciudad opacando mi vista, la
sensación de su lengua recorriendo mis deseos, el olor a vino de su cuerpo, la baranda de metal, mis piernas abiertas, yo
desnudo, ella también, la ciudad, las luces, su lengua, mis piernas, sus
mordidas, sus diez dedos, mi cabeza....
la cabeza... aquella cabeza....
Casi grito, pero ella puedo notar que
casi grito y soltó mi miembro, entonces
subió y me besó, fue un beso largo, lleno de pecado, con el que escondió su movimiento. Ella me
besaba y mientras lo hacía, pasaba una
de sus piernas por encima de las mías para abrirse a horcajadas sobre mi y
enterrarse en mi mástil hasta el fondo de todos los mares
que ella navegaba en su locura. Comenzó
a mover su cintura igual a las
manecillas de un reloj apurado, me arañaba el cuello mientras retorcía su
cabeza al vacio de una noche, se encajaba en mi
al mismo tiempo que su torso se regalaba en mi balcón. Yo podía ver su
pecho desnudo... desnudo... !Desnudo!
Mordí uno de sus pezones sin que ella lo
esperara y mi mordida la hizo gemir. !Le gustaba! Seguí mordiendo, de una forma
suave, lenta, dejando que el filo de mis dientes acariciara la piel oscura del
circulo obscuro al medio de sus senos, ella continuaba como las manecillas del
reloj, dando vueltas en círculos continuos encajada en mi, tragándose mi
miembro con su cuerpo, sus manos alrededor de mi cuello, aferrándose a la
entrega de una noche que nos regalaba las luces de una ciudad que se volvía
nuestro cómplice.
De repente, ella detuvo su cuerpo,
poniéndose de pie y virándose de espaldas a mí, sus dos brazos se abrieron como
un arco y se apoyaron en la baranda de metal donde un rato antes yo había
apoyado mis piernas. -Penétrame y muérdeme la espalda al mismo tiempo- Me
pidió. Y lo hice. Ahora las luces de la
ciudad alumbraban la piel de su espalda
y más abajo. Con mis manos la tomé por el talle y la penetré con ganas, con las
ganas acumuladas de tantas noches esperándola detrás de una luz verde. Sus
senos al viento, de frente al vacio, me volvieron loco, sentirla mojada y
disfrutando me hizo caer en la perdición de su aventura, saberme dentro de ella
fue un viaje al paraíso prometido del deseo, el olor a vino de su piel, su pelo
suelto provocando mi erección, su espalda desnuda... desnuda... !Desnuda!
Cómo lo supo no lo sé, pero estoy seguro
de que logró leer mi mente, justo cuando
esa idea deambulaba por mi cabeza, ella llevó su mano derecha hasta el musculo
que es bandera de mi hombría y lo tomó, de una forma segura lo tomó; y lo llevó
al punto secreto, al orificio oculto de todos sus orgasmos. No tuve que hacer
nada, solo mantener el contoneo de mi cuerpo, ella sola empujó sus glúteos contra mis caderas hasta que otra
vez me sentí dentro de ella, pero en otro lugar, más ajustado, más caliente,
más loco aún que ella misma.
Fue la gloria, sus gemidos me hicieron
temer que despertaran los vecinos, las manecillas del reloj de su lujuria aceleraron
el ritmo de sus ganas, un líquido viscoso comenzó a correr por entre mis muslos
en la misma manera que sus gritos me decían que estaba llegando al éxtasis
máximo de su aventura, la forma en que
su cintura convulsionaba confirmó que había logrado complacerla. Y saberlo,
hizo que depositara en aquel orificio prohibido el extracto de mi yo, de mi
deseo, de mi espera.
Mis rodillas se doblaron, su cintura se
tranquilizó. Nos quedamos unos minutos en el balcón, juntos, desnudos, sin
decirnos nada.
Después se fue de la misma forma que llegó. No hubo despedidas, ni
compromisos de una nueva cita, no quedamos en nada.
Al otro día, cuando desperté fui directo
a mi computador a buscar su luz verde, ella no estaba, entré a su página
personal, había dejado una foto de ella y su novio y un post que me lleno de dudas:
Hoy
llega mi amor, lo espero con ansias... Decía. Yo... Yo solo le di un like y
seguí mirando su luz verde apagada.
